Agosto 2010

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Acabo de leer este libro de Miguel Ángel Queiruga Dios, profesor del colegio Jesús-María y de la Escuela Superior de la Universidad de Burgos. Se trata de un repaso muy elemental de diversos temas básicos de Física. Desde el método científico hasta las ondas pasando por la cinemática, la dinámica, la energía,… Cuando leí algunas referencias en la web a este libro me hice la ilusión de que iba a encontrar ejemplos con los que introducir la explicación de conceptos de Física. Sin embargo, el tratamiento es tan elemental y las explicaciones son tan manidas que no he conseguido que me aporte nada. En el prólogo Miguel Ángel advierte que este libro va dirigido a sus alumnos y alumnas y a todos aquellos que pretendan iniciarse en la Física. Sin duda yo no estaba entre esos destinatarios a pesar de la mucha física que he olvidado desde que terminé la carrera.

En fin no siempre se acierta.

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Cuando el instituto empezaba a convertirse en mi instituto, ¿allá por mayo de 1987?, se celebró una semana cultural y algún librero de Sanlúcar la Mayor puso su tenderete en el hall que ya hoy no existe. Estaba a punto de terminar el primer curso de Bachillerato y cuatro adolescentes, el quinto del grupo estaba mapeando palmo a palmo el Aljarafe con la excusa de ayudar a su padre a llenarlo de tuberías, se confabulaban para dedicar parte de sus exiguos ahorros a comprar algunos libros. Salimos del instituto con tres libros nuevos que iban a inaugurar una biblioteca comunal. Uno de los tres libros era “Cien años de soledad”. El segundo, “La Ilíada”. El tercero ni lo recuerdo. Juan Luis Reina, nuestro profe de Historia, nos paró y nos preguntó qué libros llevábamos. Un orgullo de alumno pedante me dibujó una sonrisa en la cara al comprobar que aprobaba nuestra compra. Al poco tiempo leí “Cien años de soledad”, ahora más de veinte años después he sentido la necesidad de releerla bajo el temor de no haberla saboreado plenamente entonces.

Viniendo de vuelta de unas cortas, pero descansadas vacaciones en la playa, Isabel me ha ordenado que me sentara en el asiento de copiloto y terminará de leer en las dos horas de carretera las últimas y apocalípticas páginas de la epopeya de los Buendía. De vez en cuando, para reírse de mi conmigo, Isa me ha preguntado “¿Cuánto te queda?” y yo, preso de un vicio de calculador compulsivo, le he ido contestando: 80 páginas, 120 minutos; 60 páginas, 90 minutos;… Así hasta llegar a Olivares donde antes de las dos de la tarde he llegado a  tiempo de descifrar los manuscritos de Melquíades.

La verdad es que creo que esta vez Gabo me ha asombrado menos que la primera; la sorpresa ahora ha dado paso a la reflexión. Intuyo que en unos años tendré que volver a releer este libro porque, ahora me parece evidente, los libros tienen tantas lecturas como ocasiones y personas se atrevan a naufragar en sus párrafos… Hace dos décadas era lo ciclópeo de los Buendía, la exageración cotidiana, la magia hecha ciencia, lo descabellado de los proyectos, el incesto y el sexo lo que más se agarraba a mi memoria. Ahora he disfrutado mucho más con el lirismo de los cientos de formas de soledad y amor, con la infinitud de sentimientos, con la laberíntica eternidad del tiempo, con su plasticidad, con los paralelismos entre la casa, Macondo y  el mundo y la saga de los Buendía y la humanidad.

Es posible que este libro esté hecho para ser leído en voz alta. Esa podría ser mi tercera lectura de “Cien años de soledad”. Así leí el Quijote, en la madrugada, refugiado en el fresco del verano, y descubrí que era una novela preñada de otras mil novelas como “Cien años de soledad” que también está preñada de mil cuentos, de mil y una historias que divergen y convergen en un caos concertado que no es propio de la Mancha y que tiene que ver más con la riqueza orgánica de la selva. Así me lo imagino yo,  no sé si Macondo será selvático pero para mi, leer “Cien años de soledad” es como entrar con un machete en una frondosa, espesa, caótica e insondable maraña de historias y personajes en la que la única brújula que te puede guiar es la soledad y la curiosidad.

Mi compañero Fernando Ortega dice que es imposible no sentirse atrapado por la primera frase de la novela.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Cuando la releo no puedo más que darle la razón. Pero tampoco está mal la última de las frases, aquella que dice:

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ten mi machete, por un tiempo no lo necesitaré.

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Algunos derechos reservados por Dunechaser

Voy a intenter ser sintético y no irme por las ramas como suelo hacer. Entre otras cosas porque me queda el 11% de batería y no pienso levantarme para buscar el cargador. Viniendo en el coche hacia este punto de la geografía ibérica me asaltó una idea pedagógica. Os la cuento y ya me decís si podría ser interesante implementarla en clase.

Se trata de trabajar fundamentalmente la competencia digital y la competencia matemática y creo que no sería difícil de adaptar tanto a primaria como a secundaria. Oh oh, 10%. Por la propia naturaleza de la propuesta de trabajo creo que sería sumamente enriquecedor que dos centros de dos pueblos diferentes colaboraran en él. Con un poco de suerte @gregoriotoribio y Pepa Asencio leerán esto en breve y lo mismo se animan. O @NoLolaMento con @pily o con @bicho_malo, ¿por qué no?

¿El contenido? Estudiar las dotación de zonas verdes de un pueblo. Habría que utilizar un servicio web de mapas (googlemaps por ejemplo) y localizar todas las zonas verdes. En googlemaps es muy sencillo crear marcadores con formas poligonales. De este modo los alumnos estarían usando esta herramienta online a la vez que estarían identificando áreas en el plano en función de sus lados y formas. En el proceso habría que hacer pensar a los alumnos cómo se pueden comparar con rigor las zonas verdes de dos pueblos. ¿Serviría con dar el número de zonas verdes? ¿Habría que medir el área de zonas verdes? ¿Estaría igualmente dotado un pueblo grande que otro pequeño si tienen la misma superficie de zonas verdes? ¿Habría que tener en cuenta la población? Se les iría guiando hasta que propusieran algún método y lo desarrollaran. A mi, a bote pronto se me ocurre definir un índice “verde” (no sé si existe en urbanismo tal índice habrá que investigarlo pero la batería va ya por el 7% por lo que…) como cociente del área de todas las zonas verdes del pueblo entre el área total del casco urbano. Esto una excusa para usar el concepto de fracción y el de porcentaje.

¿Y las áreas cómo se calculan? Bueno la verdad es que podemos intentar aproximar las figuras a rectángulos, cuadrados o triángulos y despreciar algunas irregularidades. Así también se introduce la idea de que todo trabajo “científico” lleva asociado cierto grado de imprecisión.  Otra opción mejor aún consistiría en  triangular la figura de cada parque y aplicar la fórmula de Herón. ¿Cómo, cómo? Sí, descomponemos la figura plana de uno de nuestros parques en suma de triángulos, calculamos el área de cada uno y luego sumamos (¿con la hoja de cálculo?). Esto implicará organizar el trabajo, repartirlo, escribir los resultados en una hoja de cálculo común,… No viene mal, ¿verdad? Así transmitimos la idea de que el trabajo científico es cooperativo y que todos podemos aportar nuestro granito de arena.

Pero… el área de un triángulo se calcula multiplicando un lado, la base, por la distancia que separa al vértice opuesto de este lado, medida perpendicularmente claro, vaya por su altura, y dividiendo por dos. Esto es complicado. Pero es en este momento justo en que mi batería llega al 4% cuando viene Herón de Alejandría en nuestra ayuda.

from Wikipedia

Con su fórmula basta conocer los lados del triángulo para calcular el área y cada lado lo podemos calcular usando la herramientas de medir distancias de Google Maps Lab. (Paf, se fue la batería)

Por supuesto habría que elaborar un informe final con los resultados de la investigación de cada colegio o instituto que requeriría la redacción colectiva y la revisión de otros compañeros (¿con googledocs?). En un mapa previamente se dibujarían todos los parques y se añadiría una descripción con el nombre del parque y su superficie. Luego se podría entablar un debate sobre qué pueblo está mejor dotado y por qué y si la proporción de superficie es un dato suficiente o habría que incorporar otros como la calidad de los parques, su grado de uso, su estado de mantenimiento, etc. Todo esto podría servir para enviar un informe al ayuntamiento del pueblo elevando propuestas y haciendo peticiones de modo que nuestros alumnos estarían aprendiendo muchas más cosas. Estarían en cierto modo aprendiendo a ser ciudadanos.

Por supuesto esta propuesta se puede ampliar con encuestas a familiares y usuarios, cálculos estadísticos y yo qué sé más. ¿Qué os parece? ¿Creéis que puede ser interesante?

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From Hell

Foto de From Hell sobre mi portátil con twitter en la pantalla

Os prometo que esto no es el infierno. Es un punto de la costa andaluza, prefabricado, sin ninguna solera (aunque está rodeado de mucha) donde cae el sol buscando un punto del horizonte. “From Hell” es el segundo cómic de Alan Moore que leo este año. Acabo de terminarlo sentado en una tumbona (no aguanto mucho rato la misma postura jajajaja) y la verdad es que ha merecido la pena. El primero, que me trajo a este,  merece otro post y será un post posterior para contrariar el orden lógico de las cosas.  Así me parecerá que imito la pericia narrativa de este anarquista británico (perdona Alan es lo que dice la humanidad de ti en Wikpedia, un motivo más para alimentar tu misantropía).

La historia es una especulación sobre la identidad de “Jack the ripper” ( ripper de ripear, de destripar, lo que hacen algunos con los deuvedeses y cedeses para no pagar derechos ni aunque los doblen) y no importa que sea o no cierta , la historia digo, porque lo que importa es el ambiente, esas viñetas convertidas en mirillas que se alían con esa ancestral tendencia al voyeurismo, al cotilleo, al morbo de  gran parte de la humanidad, sin duda esa que desprecia el querido Alan.

El dibujo es oscuro, confuso, por momentos críptico; a mi me recuerda la espesa niebla de un sórdido barrio londinense, esa niebla que la televisión ha sembrado en nuestra imaginación y ha convertido en un lugar común incluso para los que, como yo, tenemos la desgracia de no conocer la metrópolis de la pérfida Albión. Da lo mismo que te adelantes a los acontecimientos, esto no es una peli barata en la que visto el tráiler puedes ahorrarte los noventa minutos de vida malgastada. No, aunque sepas de qué va, qué va a ocurrir, quieres dejarte seducir por la música de fondo de un narrador experto que te seduce bocadillo a bocadillo. Si te atreves a adentrarte en las quinientas y pico páginas de la edición de Planeta Agostini encontrarás placer y desconcierto en proporciones que suman más de cien (porque hay desconciertos placenteros). Te lo digo yo que estoy escuchando una música digna de buscar un escalpelo y empezar a perseguir al prenda que ha grabado el cedé para colocarlo como castigo de las almas sensibles que escriben posts al atardecer mirando al horizonte. ¿Cuántas veces tendrá el láser que reflejarse en la pista en espiral de policarbonato, aluminio y laca antes de que algún cliente se transforme en un asesino en serie? Perdón, que desvarío.

Esta historia  me ha recordado a otra lectura, la del “Extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”. Cuando leí esta novela hace años, Stevenson me enredó de tal modo que se me olvidó que estaba leyendo una historia que había visto cientos de veces en la tele.

Cuando un escritor es capaz de contarte una historia que se supone que no tiene secretos para ti y te subyuga, ese escritor es el puto amo.

Pd: Perdonen ustedes mi lenguaje barriobajero pero es que estoy viendo la segunda temporada de la mejor serie de TV de la historia y todo se pega, menos lo guapo.

Pd bis: Gracias a mi ángel de la guarda ortográfico, María, he descubierto que existe el escarpelo y el escalpelo. :)

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