Bueno este fin de semana va a ser gastronómicamente muy interesante. Sí, va a ser porque todavía es posible que hoy una comunión extemporánea me dé una sorpresa más. De todos modos si esa sorpresa no se concreta puedo darme con un canto en las papilas gustativas. La ventaja de que aumente la plantilla del IEDA es que conocemos a nuevos compañeros y Miguel de la Torre se incorpora al Departamento de Física y Química para ilustrarnos con su sabiduría y experiencia en aspectos curriculares y, y esto me gusta mucho más, en los extracurriculares. Miguel no solo nos ha anunciado que hace un tiramisú de muerte sino que nos ha recomendado dos excelentes lugares de tapas: Zelai y Puratasca. Mi ansiedad irredenta, mi representante artístico lo llama “curiosidad sin límites”, ha conducido inexorablemente a probar ambos sitios, el mismo fin de semana, viernes y sábado. Os cuento.
Zelai significa campo en vasco (por cierto me pregunto si este término tendrá algo que ver con celada) y es que Xavier Lavado es donostiarra. La calle Albareda no pasa por ser la más bella de las calles del casco antiguo sevillano pero Paloma Valenzuela compensa sin duda este pequeño defecto con creces. Dos jóvenes que han traído innovación a un paso de la reconquistada Plaza Nueva que el viernes por la noche era un hervidero de gente de casi todos los pelajes. A las 9 de la noche levantaron la persiana del local y ya estábamos en la puerta entre 8 y 10 personas. El local llama la atención: una barra bien larga y una decoración moderna da la impresión de quererte trasladar a Nueva York. Si este local estuviera en una octava planta con un lateral acristalado sería un local perfecto. La primera impresión: sofisticación. Mola.
Cubo de cinc para los cubiertos. Zelai.
Luego comienza el ritual de lectura de la carta y Paulov se regocija en su tumba porque los nombres de las tapas activan nuestras glándulas salivales en un ejercicio de pronóstico e imaginación que intelectualmente es de agradecer. Llega el instante en que este que ahora escribe piensa y muchas veces dice aquello de “Para qué quebrarse la cabeza, una de cada”. Menos mal que la sensatez en persona me acompaña y terminamos pidiendo “Pulpo a baja temperatura con patata confitada y aceite de pimentón” y “Taco de Foie a la sartén con reducción de vino de naranja”. Antes de que llegaran hicieron aparición los cubiertos y los picos de pan en un cubito de cinc. Segunda impresión: originalidad. Mola. Ambas tapas, una fría y otra caliente, son magníficas. El foie, un poco más escaso de lo que Paulov hubiera inferido por la cantidad de saliva que este improvisado crítico gastronómico puso en circulación, estaba realmente bueno. La presentación del foie sobre placa de pizarra está chula (ya la he visto en otros sitios) pero el pulpo en un vaso para comer con cuchara no. Luego la gula nos nubló el pensamiento y pedimos media ración de “Risotto de Idiazábal” que nos llenó lo justo para no poder seguir probando más tapas. El guiño de presentar el risotto como un arroz con leche me dibujó una sonrisa, eso sí para mi gusto el arroz estaba demasiado cocinado. De todos modos se trata de una bomba al paladar porque el Idiazábal no permite otra cosa. Después de esto, previo pago (no llegó a 30 € con 4 bebidas), nos pasamos por la Heladería Fiorentina de la calle Zaragoza para culminar la cena con un helado de azahar. Por cierto espectacular la cara de la chica que sirve los helados cuando le di las gracias y cogí mi tarrina dispuesto a marcharme sin pagar siendo los únicos clientes de la heladería. Un despiste, mayúsculo, pero despiste sin más.

Rissoto al Idiazábal. Zelai.
Y después del viernes llegó el sábado como viene siendo costumbre por estos lares desde hace algún tiempo. Mi amiga Conso ya hace un año me habló de Puratasca y he tardado mucho en rendirle la visita que se merece. Aquí el glamour del centro da paso a un local humilde de la Triana próxima al Cachorro donde unos jóvenes han derrochado imaginación. Trompetas de langostinos, piruleta de chorizo, raviolis de carrillada, bacalao al pil-pil de hongos, solomillo de buey y queso payoyo. ¡¡¡Para cuatro!!! Ya te pensabas que me habían trasladado al hospital después de la cena, ¿eh? Fantásticas sensaciones, quizá un poco de exceso de tempura pero eso es achacable al prenda lerenda que eligió las tapas.
Trompetas de langostino. Puratasca.
Raviolis de carrillada. Puratasca.
El bacalao me pareció soberbio, pero sin duda lo más tentador fue el carrusel de postres que nos ofrecieron: selva negra, helado con fondo de sorbete de mango, … Mi razón se nubló definitivamente hasta el punto de ser incapaz de recordar ningún nombre. Menos mal que Rafa y yo llevábamos dos ángeles custodios muy sensatas que nos frenaron, porque bien podríamos haber dado vueltas a la tabla hasta aligerarla completamente de su pesada carga. La tentación es tremenda y como estrategia de venta muy efectiva, salvo que lleves a tu ángel custodia al lado claro.
Carrusel de postres. Puratasca.
Hoy descubro que el artífice de los postres es Manu Jara, un maestro formado en Francia y curtido en Zalacaín, que imparte cursos en su taller de Mairena. Sin duda un artista al que la ortografía española no le acompaña. Pero ya sabéis aquello de “Nadie es perfecto”.
En fin, he “sufrido” mucho este finde, gastronómicamente hablando, con este duelo en el que ha estado presente en todo momento “La azotea”. Tendremos momentos para debatirlo en el Departamento de Física y Química en el IEDA.
Pd: El post de “La azotea” está por escribir, como tantas otras cosas, pero es que tengo contratada a tiempo parcial a la musa de la inspiración.
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