Lecturas

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Fotografía de onio72 bajo CC BY

Hace un par de veranos, creo, mi buen amigo Benjamín me comentó que este libro había sido éxito de ventas y que podía tener uso didáctico en clase de ciencias como material de lectura. Yo ni corto ni perezoso, lo compré. Hace un par de semanas mi otro también buen amigo (y exjefe!!!), Aureliano me dijo que había hecho con sus alumnos una línea del tiempo porque una compañera lo estaba usando en clase y necesitaba que los alumnos tuvieran claros algunos conceptos y hechos científicos que se mencionan en el texto. Dos insinuaciones/recomendaciones de sendos amigos han sido necesarias, pero al final lo he rescatado de la estantería y lo he leído.

Se trata de una lectura muy recomendable para alumnos de secundaria. Lo mismo en 4º ya pasan un poco del rollo que les pueda contar una chica de 12 años a finales del siglo XIX. La lectura es muy muy muy sencilla y la carga de contenido “científico” es tan light que no supone ninguna dificultad para nuestros alumnos. O no debe. En cierto modo me ha defraudado, porque esperaba algo más.

Una reflexión, sí me ha provocado, y es cómo nos influyen ciertas personas a lo largo de la vida. Calpurnia descubre el apasionante mundo de la observación y el trabajo científico gracias a su abuelo y eso la cambia para siempre. Yo he visto en el abuelo de Calpurnia a familiares, profes y amigos. Cada uno influyendo en un aspecto de mi vida para hacerme como soy. Espero seguir aprendiendo, para ser más capaz, pero sobre todo, para ser más feliz.

Primera pieza del verano cobrada. A por la siguiente.

Ficha del libro:

Roca Editorial
ISBN: 978-84-9918-103-5
18 €
Fecha de publicación: 29 de marzo de 2010
Número de páginas : 272
Traducción : Isabel Margelí

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Acabo de leer este libro de Miguel Ángel Queiruga Dios, profesor del colegio Jesús-María y de la Escuela Superior de la Universidad de Burgos. Se trata de un repaso muy elemental de diversos temas básicos de Física. Desde el método científico hasta las ondas pasando por la cinemática, la dinámica, la energía,… Cuando leí algunas referencias en la web a este libro me hice la ilusión de que iba a encontrar ejemplos con los que introducir la explicación de conceptos de Física. Sin embargo, el tratamiento es tan elemental y las explicaciones son tan manidas que no he conseguido que me aporte nada. En el prólogo Miguel Ángel advierte que este libro va dirigido a sus alumnos y alumnas y a todos aquellos que pretendan iniciarse en la Física. Sin duda yo no estaba entre esos destinatarios a pesar de la mucha física que he olvidado desde que terminé la carrera.

En fin no siempre se acierta.

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Cuando el instituto empezaba a convertirse en mi instituto, ¿allá por mayo de 1987?, se celebró una semana cultural y algún librero de Sanlúcar la Mayor puso su tenderete en el hall que ya hoy no existe. Estaba a punto de terminar el primer curso de Bachillerato y cuatro adolescentes, el quinto del grupo estaba mapeando palmo a palmo el Aljarafe con la excusa de ayudar a su padre a llenarlo de tuberías, se confabulaban para dedicar parte de sus exiguos ahorros a comprar algunos libros. Salimos del instituto con tres libros nuevos que iban a inaugurar una biblioteca comunal. Uno de los tres libros era “Cien años de soledad”. El segundo, “La Ilíada”. El tercero ni lo recuerdo. Juan Luis Reina, nuestro profe de Historia, nos paró y nos preguntó qué libros llevábamos. Un orgullo de alumno pedante me dibujó una sonrisa en la cara al comprobar que aprobaba nuestra compra. Al poco tiempo leí “Cien años de soledad”, ahora más de veinte años después he sentido la necesidad de releerla bajo el temor de no haberla saboreado plenamente entonces.

Viniendo de vuelta de unas cortas, pero descansadas vacaciones en la playa, Isabel me ha ordenado que me sentara en el asiento de copiloto y terminará de leer en las dos horas de carretera las últimas y apocalípticas páginas de la epopeya de los Buendía. De vez en cuando, para reírse de mi conmigo, Isa me ha preguntado “¿Cuánto te queda?” y yo, preso de un vicio de calculador compulsivo, le he ido contestando: 80 páginas, 120 minutos; 60 páginas, 90 minutos;… Así hasta llegar a Olivares donde antes de las dos de la tarde he llegado a  tiempo de descifrar los manuscritos de Melquíades.

La verdad es que creo que esta vez Gabo me ha asombrado menos que la primera; la sorpresa ahora ha dado paso a la reflexión. Intuyo que en unos años tendré que volver a releer este libro porque, ahora me parece evidente, los libros tienen tantas lecturas como ocasiones y personas se atrevan a naufragar en sus párrafos… Hace dos décadas era lo ciclópeo de los Buendía, la exageración cotidiana, la magia hecha ciencia, lo descabellado de los proyectos, el incesto y el sexo lo que más se agarraba a mi memoria. Ahora he disfrutado mucho más con el lirismo de los cientos de formas de soledad y amor, con la infinitud de sentimientos, con la laberíntica eternidad del tiempo, con su plasticidad, con los paralelismos entre la casa, Macondo y  el mundo y la saga de los Buendía y la humanidad.

Es posible que este libro esté hecho para ser leído en voz alta. Esa podría ser mi tercera lectura de “Cien años de soledad”. Así leí el Quijote, en la madrugada, refugiado en el fresco del verano, y descubrí que era una novela preñada de otras mil novelas como “Cien años de soledad” que también está preñada de mil cuentos, de mil y una historias que divergen y convergen en un caos concertado que no es propio de la Mancha y que tiene que ver más con la riqueza orgánica de la selva. Así me lo imagino yo,  no sé si Macondo será selvático pero para mi, leer “Cien años de soledad” es como entrar con un machete en una frondosa, espesa, caótica e insondable maraña de historias y personajes en la que la única brújula que te puede guiar es la soledad y la curiosidad.

Mi compañero Fernando Ortega dice que es imposible no sentirse atrapado por la primera frase de la novela.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Cuando la releo no puedo más que darle la razón. Pero tampoco está mal la última de las frases, aquella que dice:

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ten mi machete, por un tiempo no lo necesitaré.

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From Hell

Foto de From Hell sobre mi portátil con twitter en la pantalla

Os prometo que esto no es el infierno. Es un punto de la costa andaluza, prefabricado, sin ninguna solera (aunque está rodeado de mucha) donde cae el sol buscando un punto del horizonte. “From Hell” es el segundo cómic de Alan Moore que leo este año. Acabo de terminarlo sentado en una tumbona (no aguanto mucho rato la misma postura jajajaja) y la verdad es que ha merecido la pena. El primero, que me trajo a este,  merece otro post y será un post posterior para contrariar el orden lógico de las cosas.  Así me parecerá que imito la pericia narrativa de este anarquista británico (perdona Alan es lo que dice la humanidad de ti en Wikpedia, un motivo más para alimentar tu misantropía).

La historia es una especulación sobre la identidad de “Jack the ripper” ( ripper de ripear, de destripar, lo que hacen algunos con los deuvedeses y cedeses para no pagar derechos ni aunque los doblen) y no importa que sea o no cierta , la historia digo, porque lo que importa es el ambiente, esas viñetas convertidas en mirillas que se alían con esa ancestral tendencia al voyeurismo, al cotilleo, al morbo de  gran parte de la humanidad, sin duda esa que desprecia el querido Alan.

El dibujo es oscuro, confuso, por momentos críptico; a mi me recuerda la espesa niebla de un sórdido barrio londinense, esa niebla que la televisión ha sembrado en nuestra imaginación y ha convertido en un lugar común incluso para los que, como yo, tenemos la desgracia de no conocer la metrópolis de la pérfida Albión. Da lo mismo que te adelantes a los acontecimientos, esto no es una peli barata en la que visto el tráiler puedes ahorrarte los noventa minutos de vida malgastada. No, aunque sepas de qué va, qué va a ocurrir, quieres dejarte seducir por la música de fondo de un narrador experto que te seduce bocadillo a bocadillo. Si te atreves a adentrarte en las quinientas y pico páginas de la edición de Planeta Agostini encontrarás placer y desconcierto en proporciones que suman más de cien (porque hay desconciertos placenteros). Te lo digo yo que estoy escuchando una música digna de buscar un escalpelo y empezar a perseguir al prenda que ha grabado el cedé para colocarlo como castigo de las almas sensibles que escriben posts al atardecer mirando al horizonte. ¿Cuántas veces tendrá el láser que reflejarse en la pista en espiral de policarbonato, aluminio y laca antes de que algún cliente se transforme en un asesino en serie? Perdón, que desvarío.

Esta historia  me ha recordado a otra lectura, la del “Extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”. Cuando leí esta novela hace años, Stevenson me enredó de tal modo que se me olvidó que estaba leyendo una historia que había visto cientos de veces en la tele.

Cuando un escritor es capaz de contarte una historia que se supone que no tiene secretos para ti y te subyuga, ese escritor es el puto amo.

Pd: Perdonen ustedes mi lenguaje barriobajero pero es que estoy viendo la segunda temporada de la mejor serie de TV de la historia y todo se pega, menos lo guapo.

Pd bis: Gracias a mi ángel de la guarda ortográfico, María, he descubierto que existe el escarpelo y el escalpelo. :)

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