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Cuando el instituto empezaba a convertirse en mi instituto, ¿allá por mayo de 1987?, se celebró una semana cultural y algún librero de Sanlúcar la Mayor puso su tenderete en el hall que ya hoy no existe. Estaba a punto de terminar el primer curso de Bachillerato y cuatro adolescentes, el quinto del grupo estaba mapeando palmo a palmo el Aljarafe con la excusa de ayudar a su padre a llenarlo de tuberías, se confabulaban para dedicar parte de sus exiguos ahorros a comprar algunos libros. Salimos del instituto con tres libros nuevos que iban a inaugurar una biblioteca comunal. Uno de los tres libros era “Cien años de soledad”. El segundo, “La Ilíada”. El tercero ni lo recuerdo. Juan Luis Reina, nuestro profe de Historia, nos paró y nos preguntó qué libros llevábamos. Un orgullo de alumno pedante me dibujó una sonrisa en la cara al comprobar que aprobaba nuestra compra. Al poco tiempo leí “Cien años de soledad”, ahora más de veinte años después he sentido la necesidad de releerla bajo el temor de no haberla saboreado plenamente entonces.

Viniendo de vuelta de unas cortas, pero descansadas vacaciones en la playa, Isabel me ha ordenado que me sentara en el asiento de copiloto y terminará de leer en las dos horas de carretera las últimas y apocalípticas páginas de la epopeya de los Buendía. De vez en cuando, para reírse de mi conmigo, Isa me ha preguntado “¿Cuánto te queda?” y yo, preso de un vicio de calculador compulsivo, le he ido contestando: 80 páginas, 120 minutos; 60 páginas, 90 minutos;… Así hasta llegar a Olivares donde antes de las dos de la tarde he llegado a  tiempo de descifrar los manuscritos de Melquíades.

La verdad es que creo que esta vez Gabo me ha asombrado menos que la primera; la sorpresa ahora ha dado paso a la reflexión. Intuyo que en unos años tendré que volver a releer este libro porque, ahora me parece evidente, los libros tienen tantas lecturas como ocasiones y personas se atrevan a naufragar en sus párrafos… Hace dos décadas era lo ciclópeo de los Buendía, la exageración cotidiana, la magia hecha ciencia, lo descabellado de los proyectos, el incesto y el sexo lo que más se agarraba a mi memoria. Ahora he disfrutado mucho más con el lirismo de los cientos de formas de soledad y amor, con la infinitud de sentimientos, con la laberíntica eternidad del tiempo, con su plasticidad, con los paralelismos entre la casa, Macondo y  el mundo y la saga de los Buendía y la humanidad.

Es posible que este libro esté hecho para ser leído en voz alta. Esa podría ser mi tercera lectura de “Cien años de soledad”. Así leí el Quijote, en la madrugada, refugiado en el fresco del verano, y descubrí que era una novela preñada de otras mil novelas como “Cien años de soledad” que también está preñada de mil cuentos, de mil y una historias que divergen y convergen en un caos concertado que no es propio de la Mancha y que tiene que ver más con la riqueza orgánica de la selva. Así me lo imagino yo,  no sé si Macondo será selvático pero para mi, leer “Cien años de soledad” es como entrar con un machete en una frondosa, espesa, caótica e insondable maraña de historias y personajes en la que la única brújula que te puede guiar es la soledad y la curiosidad.

Mi compañero Fernando Ortega dice que es imposible no sentirse atrapado por la primera frase de la novela.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Cuando la releo no puedo más que darle la razón. Pero tampoco está mal la última de las frases, aquella que dice:

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ten mi machete, por un tiempo no lo necesitaré.

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